El proyecto y la obra: el papel de la imaginación

En arquitectura es indispensable tener en cuenta el proyecto. Y la ejecución de las obras es sólo la última etapa del quehacer arquitectónico. Al principio existe siempre un proyecto, concepción mental de la futura obra.
El arquitecto antes icluso de trabajar con sus manos, dibujando y representando, trabaja con su imaginación, esa facultad de prefigurar algo que todavía no existe, de fabricar imágenes mentales. La arquitectura se enfrenta en este punto con la nada, con el vacío que la precede. La imaginación y la memoria tejen un tapiz de novedad y de recuerdo: las imágenes ya vistas se entrecruzan con las creadas. La conciencia persigue formas recordadas y la inconsciencia ofrece otras sólo entrevistas. Esta fusión de memoria y fantasía es el motor primero de la obra de arte.
Además de la imaginación, otros elementos intervienen en estos preámbulos de la obra: el conocimiento del uso al que se destinará, la idea de adecuación a su entorno, al paisaje, a un tiempo histórico y a una cultura. También pueden ser elementos configuradores la casualidad y el azar, incluso el capricho, el humor y el estado de ánimo del arquitecto.
De todas estas operaciones mentales complejas surge la idea de la arquitectura; más tarde se perfila, se concreta y se emancipa del pensamiento.